La niñez existe con sabiduría. Tal nos pareciera necesitada de nuestra enseñanza y pretendemos inculcar cosas en la mente de los niños como si ellos nos las hubieran pedido, y no hacemos otra cosa que destruir esa capacidad innata de ver los elementos de la vida en una manera en que nunca podríamos verlos a no ser que fuéramos niños. Y no hablo solo de la fantasía, de pretender que las cosas son lo que en realidad no son. Me refiero a que la vida se presenta en una manera a la cual nos esforzamos por negar o cambiar y todos los adultos nos ponemos de acuerdo en la farsa, en la negación, en la mentira.
Mi hijo de cinco años me enseñó esta ineludible verdad un día camino de la iglesia en nuestro carro. El semáforo de la calle Virginia Ortea en el cruce con la Antera Mota cambió de verde a rojo, no sin antes pasar por el color que usted y yo pensamos que es. Mi hijo habló y dijo: “Ahora el naranja…” y toda la familia dijo en coro: “el naranja no, el amarillo” Pero yo protesté y antes que su carita se viera algo triste por la repentina y cortante corrección dije “papi, tienes razón, es naranja”.
Después de cuarenta y un años de edad vengo a darme cuenta que las luces amarillas de los semáforos en realidad no proyectan un color amarillo, sino naranja. Salgamos a comprobarlo una tarde cualquiera. El niño tenía toda la razón, sin embargo, los millones de manuales del conductor, los policías de tráfico, las escuelas, la televisión y los demás medios de comunicación se esfuerzan día a día en meter en nuestras mentes que dicha luz es amarilla. Peor: Los adultos estamos tan de acuerdo en que es amarilla que ya nuestros sentidos están embotados para ver, ni nos importa el color que vemos en realidad. Estamos ciegos.
Pero esto no solo pasa con las luces de los semáforos, tenemos en la vida tantas cosas que claman por nuestra atención y pasaremos por ella sin notarlas. Estamos tan absortos en nuestros propios egoísmos que no nos importan los demás ni nos motivan las cosas que podemos aprender de ellos. No nos llaman los aspectos positivos de la gente común y creemos que cualquier desarrapado que ha conseguido dinero así sea golpeando pelotas o vendiendo un programa sórdido es un ejemplo a seguir. No nos motiva el hombre sencillo que puede hablar correctamente y mostrar su inteligencia. No nos mueve el íntegro, quien cree que las cosas hay que hacerlas correctamente en toda circunstancia. Somos indiferentes ante la experiencia de los ancianos; los asimilamos como los restos de una humanidad que ya no domina, inservible y obstaculizadora, cuando en realidad son el espejo de lo que nos espera en breve, fieles reservorios de hechos y eventos que debiéramos conocer, para no repetir sus errores pero también para palpar a través de sus vidas vividas las nuestras por vivir.
Lamentablemente esta forma de existencia en la que participa todo un mundo también nos priva de avistar a Dios moviéndose a nuestro alrededor impartiendo vida y aliento a todas las cosas. Somos ajenos a su poderosa majestad en tanto que estamos investidos de nuestra propia soberbia y altivez. Pero Él continúa insistiendo que nuestra vida tiene otro color más allá de los que vemos, colores de salvación, colores de esperanza y paz; colores de vida y ternura, colores de fuerza y poder.
Empieza hoy a mirar con los ojos de niño. Jesucristo quiere cambiar tu vida y tu vista. Recíbele en tu corazón en este glorioso día.




